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L´autel dés peches
Título L´autel dés peches
Resumen <p>"L´autel dés peches" es un pequeño relato de acción y drama cuya ambientación recuerda al París del Montmatre. Aún está en fase de desarrollo, pero espero que os guste.</p>
Especies implicadas
Genero de los personajes principales (usar M, H, m, h para macho o hembra adultos o no, por ejemplo, M/F/m significaria un adulto macho, una adulta hembra y un cachorro macho)
Etiquetas (palabras por las que se encontraria la historia, separadas por espacios. Por ejemplo: fantasia rol ciencia transformacion lobo) Acción Drama París
Género (Novela, cuento, poesía, ensayo) Novela
Enviado por Sanmar

Hacía años que Claude no bajaba al inframundo. Recorrer de nuevo aquel pasamanos con las garras le producía una sensación confortable. Volvía a casa.
“L´autel dés peches” era un antro pequeño y oscuro, soterrado en las entrañas de la ciudad. Para acceder a él había que bajar una larga escalera, que emergía entre dos farolas como una boca de metro, aunque alguno diría que como una boca de lobo, más bien. 
Empujó la puerta haciendo fuerza con el hombro y tirando del picaporte hacia arriba, no recordaba que hiciera falta tanto esfuerzo para abrirla, pero al final cedió y una cálida atmósfera le abrazó al instante. Dentro, todo le era familiar. El olor a alcohol rancio, el piano de Jean Louise, la luz verdosa de las lámparas y por encima de todo, aquella voz. Michèle… si bien es cierto que había ganado algunos kilos con los años, seguía siendo una mujer preciosa. En aquel momento se encontraba tumbada sensualmente sobre el piano mientras cantaba una dulce balada. Miraba al público directamente a los ojos, mientras movía suavemente la cola al ritmo de la música. Los tacones descansaban en la moqueta y ella jugueteaba con sus pequeños pies rosados. Los hombres contenían la respiración. Uno de los tirantes de su brillante vestido rojo se deslizaba por su hombro. Cuando cantaba, aquella mujer era capaz de convertir aquel deprimente lugar en un trozo de paraíso.
Se giró sutilmente para espiar al recién llegado mientras seguía cantando, Claude no pudo evitar sonreír cuando ella hizo a un lado su melena cobriza para verle mejor. 
Aprovechó la actuación de Michèle para pasar inadvertido. Dejó la trenca y la gorra en el viejo perchero de roble y se sentó en un taburete cerca de la barra. Elouan, el camarero, se acercó pesadamente. Seguía igual de gordo que siempre, pero sus escamas habían perdido casi todo el brillo y uno de sus ojos había adquirido un tono lechoso propio de la ceguera. 
— ¿Qué vas a tomar, gato? — Dijo el anciano cocodrilo.
— No lo sé. Dímelo tú, lagartija — Respondió Claude.
El camarero se apoyó en la barra sorprendido. Acto seguido, sacó unas pequeñas gafas del bolsillo de la camisa y acercó mucho su ojo sano a la cara del felino. 
— ¡Ja! ¡Eres tú maldito bastardo remilgado! — Dijo bajando el tono todo lo que pudo.
— Yo también me alegro de verte Elouan
— ¿Cuánto hace ya que no vienes a verme eh, canalla? ¿Cinco años?
— Seis, me fui hace seis.
— Oh es verdad, justo después de todo aquello que pasó con Millet…
— Olvídalo, Elouan, no he venido para hablar del renacuajo.
— Vale, vale — Dijo alzando las manos con aire tranquilizador —. ¿Cuánto llevas en la ciudad? ¿Has saludado ya a tu padre?
— En realidad no, he llegado hoy por la tarde. De momento me he instalado en el Hotel Douxete, esperaba encontrarle aquí.
— Esta noche no va a venir — El camarero bajó la mirada —. Tuvo uno de sus ataques de asma, ya sabes, y prefirió dejarme al mando.
— Dejémosle dormir, al menos esta noche. No tengo ni idea de cómo va a reaccionar al verme. 
— Tranquilo Claude, mi socio te ha echado mucho de menos créeme.
— Si tú lo dices…
— Hazme caso, pero déjame preguntarte algo ¿A qué has venido después de tanto tiempo? Dijiste que no volverías. 
El puma suspiró y dibujó una media sonrisa en su rostro. Elouan nunca había tenido demasiado tacto y al parecer era un rasgo que no había perdido con los años.
— ¿No basta con decirte que os echaba de menos? ¿No, eh? — Deslizó un billete sobre la mesa —. Ponme un vaso de tu veneno casero y déjame disfrutar de nuestra querida ratita. A ella si que la echaba de menos — Pivotó girando el asiento para contemplar a la cantante.
— Pero…
— Te lo diré antes de irme. Pero te quedas sin propina — continuó Claude sin mirar al camarero quien ya le estaba llenando un vaso de un denso licor verde oscuro.

El show era lo que mantenía el bar en pie, eso y los precios de las bebidas. Atento a la música, paseó su mirada alrededor del local. Pudo ver algunas caras conocidas. Charles, el Yorkshire inglés que perdió un brazo en la guerra; Antón, el raquítico hurón ex-yonki; Celine, la vieja víbora que un día fue una famosa vedette; y como de costumbre, El Buitre y sus panda de carroñeros, apiñados cerca de la mesa de billar, inundando el aire con el humo de sus porros. 
Cuando la música cesó, un coro de aplausos, silbidos y gritos recibió a la menuda roedora, la cual tras hacer un par de reverencias y dar las gracias, corrió al encuentro de Claude sin ni siquiera ponerse los zapatos. Saltó a su cuello y le cubrió de besos mientras chillaba su nombre una y otra vez. Pero tras la primera emoción, la euforia dio paso a la ira y la pequeña Michèle la emprendió a puñetazos con el puma. 
— ¡Eres un jodido gilipollas Claude! ¡Te pasas fuera seis años y ahora apareces aquí como si no hubiera pasado nada! 
— ¿Y que querías que hiciera? ¡Creía que te gustaban las sorpresas! — Dijo con aire inocente mientras se defendía como podía.
— ¡Aaaaaargh! ¡Idiota, idiota, idiota, idiota! — Siguió la chica, acentuando cada insulto con un golpe.
— ¡Lo siento! ¡Elouan, ayuda! ¡Sírvele un trago o algo!
Tras unos minutos más de cálido reencuentro, Michèle se sentó en el taburete junto al felino y se pidió un licor de naranja, su favorito.

Hablaron durante horas. Él le contó como se había marchado a Argentina a empezar una nueva vida, que había empezado a trabajar en el puerto y que a la semana de empezar ya tenía a diez hombres a su cargo, le contó todas las cosas que había visto y oído y como había amasado una pequeña fortuna con el comercio mercante. Ella por su parte, no tenía mucho que contar, los años habían pasado como siempre. Había debutado en algunas salas de jazz y encontrado trabajo en varios sitios, pero nunca dejó de cantar para las desdichadas almas de L´autel dés peches.
Llegó un momento en que los dos se quedaron callados durante un rato, mirándose, sabiendo que tarde o temprano tendrían que dejar salir ese sentimiento que les oprimía el pecho. Aún la deseaba. Temió olvidarse de ella cuando se marchó, pero no fue capaz de hacerlo, no teniendo su recuerdo tan vivo por las noches. Y ahora estaban tan cerca, tan cerca que…
— No has cambiado nada Michèle — Dijo posando la zarpa en una de sus piernas.
Ella enrojeció casi tanto como su vestido y puso la suya sobre la del puma.
— No, Claude, no puedes… 
— Tranquila, solo estaba buscando mi preferida.
— ¿Tu qué?
— Sí, mi mancha preferida, ya sabes, la que tiene forma de champiñón — El suave y corto pelaje de la rata era blanco salpicado por pequeñas manchas del mismo color que su pelo.
— Sabes de sobra donde está así que deja de sobarme pervertido.
— Disculpe señorita, que poca vergüenza la mía. A quien se le ocurre atreverse tanto con una chica débil e inocente como usted.
— Déjate de sarcasmos subnormal. No deberías comportarte así, no después de todo lo que…
— No sigas pequeña. He vuelto, para quedarme. Ya hablaremos de ello, ahora, ¿Qué te parece si nos tomamos otra en mi honor?
— Tú tampoco has cambiado minino. Sigues siendo el capullo de siempre, aunque bueno, ahora que lo pienso incluso puede que estés aún más feo.

Pasaron el resto de la noche lanzándose haciendo bromas, lanzándose puyas y tirándose de los bigotes, e incluso durante algún juego sus labios llegaron a rozarse. Todo era perfecto hasta que a la hora de cerrar, cuando los clientes volvían a sus cloacas, pasó algo extraño. 
Uno por uno, sus antiguos conocidos a los que no se había molestado en saludar y algunos nuevos, le estrecharon la mano y le mostraron su respeto agachando la cabeza al pasar a su lado. La serpiente incluso le besó en la mejilla y se fue con lágrimas en los ojos. Todos, excepto El Buitre, quien se limitó a tirar una colilla a sus pies, quemando la moqueta, lo que provocó que Elouan le persiguiera a gritos hasta la calle.
Cuando Claude y Michèle se quedaros solos, ella le pasó un brazo por detrás de la cintura y preguntó:
— ¿Qué acaba de pasar Claudy? 
— No me llames así, sabes que no me gusta. Creo que ésta es su manera de disculparse y de darme las gracias por lo que pasó con el capullo de Millet, pero esto no cambia nada. Ellos me dieron la espalda cuando la policía vino a por mí. Tú y el viejo sois mis únicos amigos aquí.
— Claude…
— No Michèle, no puedo perdonarles.
— Dime que no lo harás Claude por favor… ellos estaban asustados, no se merecen eso… — La joven temblaba como una hoja al decir esas palabras.
— No te preocupes nena, no he vuelto buscando venganza o justicia. Eso ha quedado atrás. Estoy aquí por otros motivos. Uno eres tú, el otro… bueno, el otro te lo explicaré cuando Elouan baje rodando hasta aquí — apuró su copa y encendió un cigarro —. No te va a gustar.

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